Cómo elegir el transportín de tu gato y conseguir que entre sin pelear
El transportín es el objeto que más odia la mayoría de gatos, y casi siempre por culpa nuestra: solo lo ven el día del veterinario. Elegir uno bueno y convertirlo en un mueble más de casa cambia por completo las visitas a la clínica y los viajes.
Por Javier, que escribe todo lo que hay en esta web
Por qué importa tanto
Un gato que no se deja meter en el transportín es un gato que va menos al veterinario, porque cada visita se convierte en una persecución, en arañazos y en estrés para todos. Las guías de manejo amable con gatos que siguen muchas clínicas insisten en que buena parte del miedo del gato a la consulta empieza en casa, con el transportín. Un buen transportín, del tipo adecuado y acostumbrado desde el principio, reduce ese estrés, permite llevar al gato con seguridad en el coche y facilita que el veterinario lo explore sin forcejeos. Es una de las compras más importantes y más infravaloradas.
El rígido que se abre por arriba, la mejor opción general
Para el día a día, las visitas al veterinario y el coche, lo más recomendable es un transportín rígido de plástico resistente que se abra también por arriba y cuya mitad superior se pueda quitar con facilidad, con tornillos o cierres. Así, en la consulta no hay que sacar al gato a la fuerza por la puerta frontal: se quita la tapa y el veterinario puede explorarlo, en muchos casos, dentro de la mitad inferior, donde se siente más seguro. Debe tener buena ventilación, una puerta metálica o de plástico grueso con cierre firme y un asa resistente. Cuestan entre 25 y 60 € y duran toda la vida del gato.
El tamaño correcto
El transportín tiene que permitir que el gato se ponga de pie, se dé la vuelta y se tumbe estirado con comodidad. Como orientación, el largo debe ser aproximadamente vez y media la longitud del cuerpo del gato sin contar la cola. Uno demasiado pequeño lo agobia y uno demasiado grande hace que se deslice y se golpee en las curvas o al transportarlo. Si compras para un gatito, piensa en su tamaño adulto. Y si tu gato es de una raza grande, como el Maine Coon, el Bosque de Noruega o el Ragdoll, probablemente necesites un transportín de perro mediano.
Los transportines blandos y las bolsas
Las bolsas o transportines blandos son más ligeros y cómodos de llevar al hombro, y son los que piden muchas aerolíneas para la cabina. A cambio, protegen peor en un golpe en el coche, se deforman si el gato se mueve mucho y son más difíciles de limpiar si se hace pis. Hay gatos que los aceptan mejor porque son más oscuros y recogidos. Si los usas, elige uno con base rígida, buena ventilación por varios lados, cremalleras con cierre de seguridad y, a ser posible, apertura superior. Para avión, comprueba siempre las medidas exactas de la compañía.
Mochilas con burbuja: con prudencia
Las mochilas con una ventana transparente en forma de burbuja se han puesto de moda, pero no son la opción más amable para muchos gatos. El gato queda expuesto a la vista y no tiene dónde esconderse, lo que a un animal asustado le genera más estrés, y en verano la burbuja puede hacer de invernadero y calentar mucho el interior. Pueden servir para algunos gatos muy confiados y acostumbrados, en trayectos cortos y sin sol, pero no como transportín principal. Para la mayoría, un transportín en el que puedan esconderse es mejor que uno en el que se les vea.
Lo que no conviene
Evita los transportines de mimbre o cartón para uso habitual: no se limpian bien, absorben la orina y los olores y no protegen. Las cajas de cartón de las clínicas valen para una emergencia, pero un gato decidido puede romperlas. Evita también los transportines con una sola puerta frontal pequeña y sin forma de abrir la parte de arriba, porque obligan a sacar al gato tirando de él. Y no metas dos gatos en el mismo transportín, aunque se lleven bien: en una situación de estrés pueden pelearse. Cada gato, su transportín.
El transportín, un mueble más de la casa
El gran secreto es que el transportín no aparezca solo cuando toca ir al veterinario. Déjalo siempre a la vista en casa, abierto, en un sitio que le guste al gato, con una manta o una cama dentro. Pon premios dentro de vez en cuando, sírvele alguna comida allí y deja que lo use como escondite o como cama. Muchos gatos acaban durmiendo en él. Cuando entre sin problemas, empieza a cerrar la puerta unos segundos con premio, levántalo unos centímetros y déjalo en el suelo, y ve alargando. Así, el día que toque salir, entrará como entra a su cama, sin persecuciones.
Cómo meter a un gato que no quiere
Si todavía no está acostumbrado y hay que ir ya, no lo persigas por la casa, porque recordará la experiencia. Prepara el transportín antes, con la manta y unos premios dentro, y cierra la habitación donde está el gato para que no se esconda bajo una cama. Con un transportín que se abre por arriba, es mucho más fácil: coge al gato con calma, sujetándole bien, y bájalo desde arriba en lugar de empujarlo por la puerta frontal. Si es muy esquivo, envuélvelo en una toalla. Pulverizar feromonas faciales felinas en el interior unos quince minutos antes puede ayudar.
El viaje: en el coche y a la clínica
Lleva el transportín siempre en posición horizontal, cogido con las dos manos o abrazado, no colgando del asa y balanceándose como una bolsa de la compra. En el coche, encájalo en el suelo detrás del asiento delantero o sujétalo con el cinturón. En la sala de espera de la clínica, colócalo en alto, en una silla o en tu regazo, lejos de los perros, y tápalo con una toalla para que se sienta escondido. Algunas clínicas tienen salas de espera solo para gatos. Al volver a casa, si hay otros gatos, deja que el que vuelve se reinstale con calma, porque trae olores de la clínica que pueden extrañar al resto.
Limpieza y mantenimiento
Pon en el fondo un empapador absorbente y encima la manta, y lleva siempre uno de repuesto en los viajes. Si el gato se hace pis o vomita, limpia el transportín con un limpiador enzimático, que elimina el olor de verdad, y no con lejía ni amoniaco, que al gato le recuerdan a la orina y pueden hacer que vuelva a marcar. Revisa de vez en cuando los cierres, las bisagras y los tornillos, y que la puerta no tenga holgura. Un transportín que se abre solo en mitad de la calle es el principio de una pérdida.
Ten uno por gato, también para emergencias
Si tienes varios gatos, conviene tener un transportín por cada uno, aunque normalmente vayan al veterinario por turnos. El motivo es la emergencia: un incendio, una inundación o una evacuación del edificio, donde tienes que sacar a todos a la vez y deprisa. Tenerlos a mano, no en el fondo de un trastero, y que los gatos estén acostumbrados a entrar, puede marcar la diferencia. Junto al transportín, una pequeña bolsa con la cartilla, una foto del gato, algo de comida y una toalla completa el kit.
Elige un transportín rígido que se abra por arriba y con la tapa desmontable, del tamaño en que el gato pueda girarse y tumbarse. Déjalo siempre en casa como cama, con premios dentro, y llévalo horizontal y bien sujeto. Un transportín por gato.
Contenido divulgativo de Michipedia. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un etólogo felino: cada gato es un individuo.