Gato y niños en casa: cómo hacer que salga bien
Un gato y un niño pueden ser grandes amigos, y crecer con un gato enseña cosas que no se aprenden en ningún otro sitio. Pero el gato no es un juguete, y tampoco es un animal que aguante lo que aguantan algunos perros. Así se hace bien.
Por Javier, que escribe todo lo que hay en esta web
El gato no es un perro paciente
Un perro tolerante aguanta abrazos, empujones y tirones con una paciencia enorme. Un gato, en general, no: cuando algo le molesta avisa con poco margen, y si no se le hace caso, araña o muerde y se va. Además, al gato no le gusta que lo cojan, lo persigan o lo sujeten contra su voluntad, que es justo lo que un niño pequeño quiere hacer. Esto no significa que gato y niños no casen, al contrario: muchos gatos adoran a sus niños. Significa que la convivencia depende de dos cosas: que el gato elegido sea tolerante y que los niños aprendan a tratarlo como a un animal que decide cuándo quiere contacto.
Qué gato elegir
Con niños pequeños, lo más seguro suele ser un gato adulto de carácter conocido, tranquilo, sociable y acostumbrado a que lo manipulen. La protectora o la casa de acogida te puede decir si ha vivido con niños y cómo reacciona. Un gatito parece la opción natural, pero es frágil, araña y muerde jugando, y un niño pequeño puede hacerle daño sin querer, o asustarlo hasta convertirlo en un adulto miedoso. Entre las razas, el ragdoll, el sagrado de Birmania, el británico de pelo corto, el Maine Coon o el bosque de Noruega tienen fama de tolerantes y tranquilos. Pero insisto: el individuo manda. Un gato común adulto que ya ha vivido con niños es la mejor garantía.
La edad de los niños
Con bebés y niños de menos de tres o cuatro años, la responsabilidad es enteramente de los adultos: hay que supervisar siempre y no dejarlos solos con el gato. Entre los cuatro y los siete años, ya se les pueden enseñar normas y pueden participar en cosas sencillas, como poner la comida o jugar con la caña. A partir de los ocho o nueve, pueden asumir pequeñas tareas con supervisión, como cepillarlo o revisar el agua. Pero un niño, a ninguna edad, debe ser el responsable del gato: los adultos son quienes garantizan que tenga comida, agua, arenero limpio y veterinario. Prometer que el niño se encargará es la receta de un gato descuidado.
Las normas que hay que enseñar
Unas pocas reglas claras evitan casi todos los problemas. Al gato no se le coge si no quiere, y si se le coge, con las dos manos y sujetando bien el trasero, sentado en el suelo mejor que de pie. No se le persigue ni se le saca de su escondite. Cuando duerme, come o está en el arenero, se le deja en paz. Se le acaricia con suavidad en la cabeza, las mejillas y el lomo, no en la tripa, aunque la enseñe. Y se juega con juguetes, nunca con las manos o los pies, porque un gato que aprende que las manos son presas araña a todo el mundo. Los niños entienden muy bien estas normas si se les explica el porqué.
Aprender a leer al gato
La mejor protección contra los arañazos es que el niño sepa cuándo el gato quiere que lo dejen. La cola que se mueve a latigazos, las orejas giradas hacia atrás o aplanadas, la piel del lomo que se estremece, las pupilas muy dilatadas o un gruñido o un bufido son señales de que hay que parar. En cambio, un gato que se acerca con la cola en alto, que se frota contra las piernas o que ronronea tranquilo está pidiendo contacto. Enséñales también a dejar que el gato se acerque: ofrecer la mano quieta y esperar a que la huela y se frote suele funcionar mejor que lanzarse a acariciarlo.
El gato necesita un refugio
En una casa con niños, el gato tiene que tener sitios a los que los niños no lleguen: estanterías, un rascador alto, una habitación con una gatera o una puerta entornada con un tope que solo deje pasar al gato. Ahí debe poder comer, dormir y descansar sin que nadie lo moleste. Un gato que tiene a dónde retirarse aguanta mucho mejor el ruido y el jaleo, porque sabe que puede irse. Un gato acorralado sin salida es el que araña. Y el arenero, en un sitio tranquilo y fuera del alcance de los niños pequeños, por higiene y para que el gato no deje de usarlo.
Higiene sin alarmismos
Convivir con un gato sano no supone un riesgo especial para los niños si se cumplen unas normas básicas. Lavarse las manos después de jugar con él y antes de comer. El arenero, fuera del alcance de los niños pequeños, limpiado a diario y nunca por ellos. El gato, desparasitado de forma regular, interna y externamente, como te indique el veterinario. Los arañazos, lavados con agua y jabón; si uno se inflama, duele o aparecen ganglios hinchados, hay que consultar al médico, porque existe una infección poco frecuente transmitida por arañazos llamada enfermedad por arañazo de gato. Y si tenéis un arenero de juegos infantil en el jardín o la terraza, mejor taparlo cuando no se use, para que ningún gato lo convierta en su baño.
Los gatitos y los niños pequeños
Es la combinación que más ilusión hace y la que más problemas da. Un gatito de dos o tres meses es frágil: un niño que lo aprieta, lo deja caer o lo pisa sin querer puede hacerle daño de verdad. Y el gatito, a su vez, juega con uñas y dientes, y un niño pequeño no entiende que eso es juego y no ataque, se asusta o reacciona bruscamente, y el gatito aprende que las manos son presas. Si queréis un gatito, mejor cuando los niños tengan ya edad para seguir normas, y mejor dos gatitos que uno, para que se peleen entre ellos y no con los niños. Con niños muy pequeños, un adulto tranquilo es casi siempre más seguro para todos.
Lo que gana un niño con un gato
Crecer con un gato enseña cosas valiosas: a respetar los límites de otro, a leer señales sin palabras, a ser paciente, a cuidar. Un gato que se acerca a un niño porque quiere, y no porque está obligado, es una lección de afecto que no se aprende con un peluche. Muchos gatos se convierten en el compañero de cama, de deberes o de lectura de los niños. Para que eso pase, el principio es el mismo que con todo lo demás: elegir bien el gato, enseñar bien al niño y que los adultos se responsabilicen de lo que el niño todavía no puede hacer.
Elige un gato adulto tolerante y ya probado con niños, dale refugios donde los niños no lleguen y enseña normas claras: no cogerlo si no quiere, no perseguirlo, jugar con juguetes y no con las manos. El cuidado lo garantizan siempre los adultos.
Contenido divulgativo de Michipedia. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un etólogo felino: cada gato es un individuo.