Volar con tu gato: cabina, aerolíneas españolas y lo que hay que saber antes de reservar
La buena noticia es que casi todos los gatos caben en cabina, que es mucho mejor que la bodega. La mala es que las plazas para animales son pocas, las condiciones cambian y hay un momento crítico que casi nadie prevé: el control de seguridad. Esto es lo que conviene saber.
Por Javier, que escribe todo lo que hay en esta web
Primero: ¿debe volar?
Antes de la logística, la pregunta honesta. Los gatos son animales muy territoriales que llevan mal los cambios, y para muchos un vuelo es una experiencia muy estresante. Si el viaje es de ocio y corto, quizá esté mejor en casa con un cuidador que le visite. Los gatos de cara chata, como el Persa, el Exótico o el Himalayo, tienen las vías respiratorias más comprometidas y el estrés y el calor aumentan el riesgo; varias aerolíneas restringen su transporte, sobre todo en bodega. Los gatos muy mayores, cardiópatas, con problemas respiratorios o con pánico extremo al transportín también son candidatos a no volar. Si el vuelo es por una mudanza, se prepara con más tiempo y con el veterinario.
Cabina o bodega
En las aerolíneas que admiten mascotas, la frontera la marca el peso del animal sumado al transportín. Iberia, por ejemplo, admite gatos en cabina si el conjunto no pasa de 8 kilos y el transportín no supera los 45 × 35 × 25 cm. Vueling indica un transportín flexible de hasta 45 × 39 × 21 cm, con un peso máximo que en su información aparece entre 8 y 10 kilos, y no admite animales en bodega. Air Europa también acepta perros y gatos en cabina con límites parecidos. Como estas condiciones se revisan a menudo, compruébalas en la web de la compañía al reservar. La mayoría de gatos, salvo los muy grandes como un Maine Coon macho, caben en cabina, que es siempre la mejor opción.
Las plazas son pocas: reserva primero al gato
Cada avión admite un número muy limitado de animales en cabina, a menudo dos o cinco en total según la compañía y el aparato, y se asignan por orden. Por eso lo correcto es añadir la mascota en el mismo momento de comprar el billete o, si no se puede, llamar antes a la aerolínea y confirmar que hay plaza. En algunas compañías hay que elegir una tarifa concreta para poder llevarla, y otras piden que se gestione con un mínimo de horas antes del vuelo. Conviene reconfirmarlo unos días antes, porque un cambio de avión puede dejar sin plaza a un animal ya aceptado. Comprar primero y preguntar después es la forma más común de quedarse en tierra.
Lo que cuesta
El precio lo fija cada aerolínea y varía con el destino. Como orientación, en vuelos nacionales y europeos llevar un gato en cabina suele costar entre unos 30 y 70 € por trayecto, y bastante más en vuelos intercontinentales o en bodega. El importe exacto aparece en el proceso de reserva y es el que vale. A eso hay que sumar el transportín adecuado, entre 25 y 60 €, la visita al veterinario y, si sales de España, el pasaporte europeo y la vacuna de la rabia. El gato no ocupa asiento y no suele sumar al equipaje de mano, pero algunas compañías sí lo cuentan: mira las condiciones de tu tarifa.
El transportín de cabina
Para cabina, las aerolíneas suelen pedir un transportín blando o semirrígido, ventilado, con fondo impermeable y cierre seguro, que quepa bajo el asiento delantero, donde tiene que ir durante todo el vuelo. Algunas compañías no aceptan transportines rígidos en cabina, y otras dan medidas muy precisas, así que no te fíes de que el que venden como «apto para avión» lo sea para tu aerolínea. Debe permitir que el gato se gire y se tumbe. Pon un empapador absorbente en el fondo y una prenda que huela a casa. Y acostúmbralo durante semanas, como explicamos en el artículo sobre cómo elegir el transportín.
El control de seguridad, el momento crítico
Este es el punto que casi nadie prevé. En el control de seguridad del aeropuerto, el transportín pasa por la máquina de rayos X vacío, y tú tienes que cruzar el arco con el gato en brazos. Un gato asustado, en un sitio lleno de ruido y gente, puede revolverse y escaparse, y un gato suelto en una terminal es una pesadilla. Por eso es imprescindible que lleve un arnés bien ajustado con una correa, puesto en casa y probado antes del viaje. En muchos aeropuertos puedes pedir que te hagan el control en una sala aparte; pregúntalo al llegar al filtro. Sujeta al gato con firmeza contra tu cuerpo y no lo sueltes hasta que esté otra vez dentro del transportín.
Los papeles
Para volar dentro de España, lo habitual es que el gato lleve microchip y su cartilla sanitaria en regla, y algunas compañías piden el pasaporte o un certificado veterinario reciente. Para volar a otro país de la Unión Europea necesita microchip, vacuna de la rabia válida, respetando el plazo de espera tras la primera dosis, y pasaporte europeo para animales de compañía. Los gatos, a diferencia de los perros, no necesitan el tratamiento contra la equinococosis que piden algunos países. Fuera de la UE, cada país tiene sus reglas y algunos exigen análisis de anticuerpos con meses de antelación. Lo explicamos en el artículo sobre el pasaporte europeo.
Sedar o no sedar
La recomendación general de los veterinarios es no sedar a un gato que va a volar, porque los sedantes afectan a la regulación de la temperatura, la tensión y la respiración, y un gato sedado no puede sujetarse en un transportín que se mueve. Varias aerolíneas rechazan animales sedados. Lo que sí se puede valorar con el veterinario, con tiempo y probándolo antes en casa, es un ansiolítico suave pautado para ese gato, que reduce el estrés sin dormirlo, y las feromonas faciales en el transportín. Nunca le des por tu cuenta medicación de personas ni de otros animales.
El día del vuelo
No le des de comer en las cuatro o seis horas previas, para reducir el riesgo de mareo y vómito, pero sí agua hasta poco antes. Ponle el arnés en casa. Llega al aeropuerto con mucho margen, porque facturar con animal suele exigir pasar por mostrador. En el transportín, empapadores de repuesto, una prenda con tu olor y nada que pueda engancharse. Lleva encima la documentación, una foto reciente del gato y el teléfono de un veterinario en destino. Durante el vuelo no puedes sacarlo del transportín. Si maúlla, habla con él con calma y, si se puede, deja la rejilla tapada con una tela ligera para que se sienta más escondido.
La alternativa del tren
Para muchos trayectos peninsulares, el tren es mejor opción que el avión: no hay control de seguridad con el gato en brazos, no hay facturación y el trayecto es más tranquilo. Renfe admite gatos de hasta 10 kilos en transportín de un máximo de 60 × 35 × 35 cm en AVE, Larga Distancia, Avlo, Avant y Media Distancia, con un animal por viajero. En AVE y Larga Distancia, el billete de mascota es gratuito con billete Prémium y cuesta 10 € con Básico o Elige; en Avlo, 10 €; y en Avant y Media Distancia, un 25 % de la tarifa general. En Cercanías viaja gratis. Son condiciones que Renfe actualiza, así que conviene revisarlas al comprar.
La llegada
Al aterrizar, no abras el transportín en la terminal ni en el coche. Ofrécele agua en cuanto puedas, en un sitio tranquilo. En destino, prepara una habitación cerrada con su arenero, agua, comida y un escondite, y abre allí el transportín. Es normal que pase horas escondido y que coma poco el primer día. Revisa ventanas y balcones antes de dejarle explorar. Si en las horas siguientes notas respiración con la boca abierta, vómitos repetidos, que no orina o mucha apatía, busca un veterinario: por eso conviene tener uno localizado antes de viajar.
Casi todos los gatos caben en cabina, pero las plazas son pocas: reserva al gato a la vez que el billete y comprueba las condiciones de la aerolínea. Ponle un arnés para el control de seguridad, no lo sedes y, para trayectos peninsulares, valora el tren.
Contenido divulgativo de Michipedia. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un etólogo felino: cada gato es un individuo.